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Dra. Mónica Teresa González Ramírez |
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Psicóloga - Investigadora |
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CUERPO
ACADÉMICO EN PSICOLOGÍA SOCIAL |
Psiconeuroinmunología, estrés y depresión Mónica
Teresa González Ramírez Los temas relacionados al estrés se han popularizado en los
últimos tiempos. Hablar sobre estrés es algo cotidiano, reportado en los
medios de comunicación, conversaciones informales y en ambientes académicos.
En este último rubro, las investigaciones se han difundido en diferentes
campos, sobre todo en el ámbito de la salud; se ha demostrado que el estrés
es una de las variables psicológicas que mas influencia tiene en el proceso
de salud-enfermedad y su impacto va desde el sistema
psiconeuroinmunoendocrinológico (incluyendo las conductas de las personas)
hasta la interacción con el medio ambiente; además, es de resaltar que su
influencia en la salud puede ser directa o indirecta. El término estrés tiene múltiples definiciones, hay
explicaciones para el estrés que lo definen como un estímulo, haciendo
referencia a situaciones que generan estrés o estresores. Desde este punto de
vista, el estrés es algo externo a la persona y todos estamos expuestos a los
estresores. Sus efectos serían difícilmente controlables; desde este punto de
vista es fácil considerarse víctima del estrés. Otras explicaciones lo
consideran una respuesta, considerando como principalmente el componente
fisiológico, sin dar tanta relevancia a los aspectos ambientales y
cognitivos. Otras definiciones o posturas para el estudio del estrés lo
describen como un proceso (Sandín, 1999). Considerar el estrés como
un proceso ha sido una de las formas más difundidas y aceptadas para
estudiarlo, reflejándose en la teoría transaccional del estrés de Lazarus y
Folkman, y el modelo procesual del estrés de Sandín. Desde la teoría transaccional, el estrés
es considerado como una relación entre el individuo y su entorno, cuando este
último es considerado como desbordante de los recursos del individuo,
amenazante o que pone en peligro su bienestar (Lazarus y Folkman, 1984). Es
decir, el estrés no es algo que esta en nuestro medio ambiente y nos ataca, o
algo de lo que somos victimas, el estrés que percibe una persona se debe a su
interpretación de la situación que enfrenta, tomando en cuenta sus
habilidades y su historia. Desde esta perspectiva, las personas tienen
un papel activo en su estrés. Caballo, Valenzuela, Anguiano, Irurtia,
Salazar y López-Gollonet (2006) indican que los modelos explicativos del
estrés han evolucionado a lo largo del tiempo, y los más actuales conciben el
estrés como un fenómeno interactivo y multidimensional. Por lo tanto, hablar
de estrés implica complejidad, dada la cantidad de elementos que lo
caracterizan, así, la evaluación del estrés debe contemplar la interacción de
factores cognitivos y conductuales, sin olvidar los factores fisiológicos y
procesos de afrontamiento. Congruente con esto, Sandín (1999) indica
que el estrés es un proceso de siete etapas, en el que están involucradas
diferentes variables. El modelo presenta en primer lugar las demandas
psicosociales, que corresponden a los estresores tanto ambientales como
psicosociales, en un segundo momento se considera la evaluación cognitiva,
que se refiere a la valoración que hace el individuo con respecto a la
situación, este componente del modelo de Sandín corresponde a la definición
de estrés propuesta por Lazarus y Folkman. Posterior a la evaluación
cognitiva se presenta en el modelo la respuesta de estrés, que incluye
respuestas tanto fisiológicas como emocionales y conductuales
(afrontamiento), producto de la valoración de la situación como estresante o
no. Los esfuerzos cognitivos o conductuales que el sujeto pone en práctica
para hacer frente a las demandas estresantes se refieren a las estrategias
de afrontamiento, Sandín (1999) indica que es ésta en realidad la última
etapa del proceso de estrés; posterior a esta etapa incluye en el modelo
procesual del estrés tanto las variables sociales como las disposicionales,
debido a la evidencia reciente sobre la relación de estas variables con los
procesos asociados al estrés. Y por último, el estatus de salud, que es
el resultado del proceso de estrés y dependerá de lo que suceda en las etapas
anteriores. En síntesis, este modelo procesual de Sandín considera los
estresores, es decir la parte ambiental del estrés, los procesos cognitivos,
las respuestas fisiológicas y conductuales, sin olvidar otros aspectos
relacionados al proceso de estrés. Tomando como base el modelo propuesto por
Sandín (1995, 1999) y haciendo énfasis en el Estrés Percibido y las
respuestas psicosomáticas, González y Landero (2006) presentan un modelo que
es base para las investigaciones orientadas al estudio del estrés y sus
consecuencias, tanto a nivel emocional, conductual o fisiológico. En el modelo explicativo del estrés y los
síntomas psicosomáticos de González y Landero (2006), se explica que ante los
estresores (diarios, recientes, crónicos o la combinación de estos),
la persona puede o no percibir estrés dependiendo de la valoración que hace
de sus recursos (ejemplo: autoestima y autoeficacia), la valoración del apoyo
con que cuenta (ejemplo: apoyo social percibido) y de la situación (como
amenazante, de desafío o de daño/perdida); además, se considera que las
variables sociodemográficas puedan ser un factor relacionado al estrés
percibido y a los síntomas psicosomáticos. Una vez que el sujeto percibe
algún nivel de estrés se pueden presentar respuestas a nivel emocional (por
ejemplo depresión), conductual (estrategias de afrontamiento) y fisiológico
(síntomas psicosomáticos como: dolor de estómago, espalda, brazos, piernas,
cabeza, pecho, vértigos, falta de aire, estreñimiento, indigestión, entre
otros). Por último, se plantean relaciones directas de algunas variables con
los síntomas psicosomáticos, que han sido comprobadas por estudios empíricos
(autoestima y estrés; apoyo social y estrés; depresión y síntomas; ansiedad y
síntomas). Este
Modelo explicativo del estrés y los síntomas psicosomáticos, ha sido sometido
a evaluación empírica a través de ecuaciones estructurales (González y
Landero, 2007). En este proceso del estrés y en todos los modelos explicativos
mencionados, se incluyen las emociones, Lazarus
(2000) considera que el estrés es interdependiente con las emociones; es
decir, si hay estrés debe haber emociones y en algunos casos, esta relación
es a la inversa, es decir, cuando las emociones están presentes a menudo
también se produce el estrés. En el modelo explicativo del estrés y los síntomas
psicosomáticos de González y Landero, la depresión es considerada una emoción
producto del estrés, esto con base en los planteamientos de Lazarus (2000) y Sandín (1999). La depresión no es la única emoción que se
produce como consecuencia del estrés, Caballo et al. (2006) mencionan que
como respuestas emocionales al estrés se encuentran la ansiedad, el miedo, la
ira y la tristeza; las emociones que plantea Lazarus (2000) son: ira,
envidia, celos, ansiedad, temor, culpa, vergüenza, alivio, esperanza,
tristeza, felicidad, orgullo, amor, gratitud y compasión. Lazarus (2000) indica que la depresión es
una emoción estrechamente unida a la tristeza, resultado de una sensación de
indefensión sobre la restauración de una vida que valga la pena, después de
una pérdida importante. Aunque desde este punto de vista la
depresión se considera una emoción, otras teorías la consideran un desorden
del pensamiento. Así, Beck (1976) considera que los signos y síntomas de la
depresión son una consecuencia de la activación de patrones cognitivos
negativos. Para esto, existen varias estructuras cognitivas específicas que
son centrales al desarrollo de la depresión: la triada cognitiva y los
esquemas (Beck y et al., 1979). La triada cognitiva consta de tres patrones
cognitivos que controlan la ideación: una visión negativa de uno mismo, una
visión negativa del futuro y una visión negativa del mundo. Los esquemas
cognitivos, se supone, llevan a los individuos a un filtrado sistemático o
distorsión de la percepción y la memoria; tales distorsiones son los errores
cognitivos. La naturaleza de los problemas de la persona depresiva en ésta
triada, según Beck, está relacionada con un pensamiento extremo y en términos
absolutos, con el establecimiento de objetivos rígidos y perfeccionistas.
Además, cuando la persona fracasa en alcanzar esos objetivos, su tendencia
depresiva contribuye a que el individuo atribuya dicho fracaso a alguna
deficiencia presente en sí mismo; tendiendo a contemplar esta presunta
deficiencia en términos exagerados y empleándose en una excesiva autocrítica
acerca de las causas de estas deficiencias asumidas. Beck (en Tyson y Range, 2003) establece
que una razón por la cual el individuo desarrolla patrones cognitivos
negativos es la experiencia de una gran pérdida que resulta abrumadora para
la persona, lo cual es congruente con lo mencionado por Lazarus (2000). Así,
si la proporción de demandas es muy superior a la de los recursos, la persona
se siente indefensa para manejar las demandas a que está expuesta, esto puede
provocar depresión, o bien sentimientos de pánico o desesperanza (Lazarus,
2000). Según Leonard (2003), para que el estrés
desencadene un cuadro depresivo deberá haber predisposición genética y agrega
que hay muchos individuos que aunque son expuestos a situaciones extremas no
se convierten en personas depresivas; mientras que otros expuestos a
relativamente poco estrés, se deprimen. Leonard indica que esto sucede cuando
hay una mayor carga de predisposición genética. Sin embargo, Bonet (2003)
indica que los factores genéticos no son suficientes para explicar porque hay
variabilidad individual ante la respuesta de estrés. Hasta este momento hemos hablado
principalmente de situaciones extremas de estrés, es decir un desencadenante
que correspondería a una situación de estrés agudo. Sin embargo, es necesario
considerar el estrés crónico que produciría efectos mediano o largo
plazo. Bonet (2003) plantea que entre los factores fundamentales para
considerar los efectos a largo plazo del estrés se encuentran: la evaluación cognitiva
y la salud física. Además, los efectos del estrés pueden ser
incrementados por una dieta pobre, el consumo de alcohol y tabaco, o bien,
puede ser reducida por la dieta y el ejercicio moderado. Leonard (2003) comenta que después del
estrés crónico, al igual que con el estrés agudo, hay activación del sistema
hipotalámico-hipofisario-suprarrenal, solo que en el caso del estrés crónico
el cortisol esta presente por un largo periodo de tiempo, no desciende como
en el estrés agudo. En estos casos, el mecanismo de retroalimentación que
frena normalmente al sistema de secreción de cortisol es deficiente, por lo
que hay mayor producción de cortisol, lo cual es característico de
numerosos pacientes con depresión. Finalmente, Leonard (2003) agrega que con
niveles altos de cortisol se suprimen las funciones del sistema inmunológico,
sin embargo, algunos componentes celulares de la inmunidad no se suprimen y
aunque estas células también contienen receptores de cortisol, se vuelven
insensibles a los sistemas inhibidores de cortisol y continúan funcionando. Por lo tanto, aun y cuando se considere a
la depresión como una emoción producto del estrés, esta asociada a altos
niveles de cortisol. Y si consideramos la depresión como lo menciona Beck, un
desorden del pensamiento caracterizado por pensamientos negativos de si
mismo, el entorno y el futuro, estos pensamientos negativos están asociados a
problemas de salud. Retomando la postura de Lazarus y Folkman,
parte central del proceso de estrés es la evaluación cognitiva. La evaluación
es definida como el mediador cognitivo de la reacciones de estrés; es un
proceso universal mediante el cual las personas valoran constantemente la
significación de lo que está ocurriendo, relacionado con su bienestar
personal. La teoría de Lazarus distingue tres tipos de evaluación: primaria,
secundaria y reevaluación (Sandín, 1995). La evaluación primaria se produce en cada
transacción (o encuentro) con algún tipo de demanda externa o interna y puede
dar lugar a cuatro modalidades de evaluación: la primera modalidad es la de
beneficio, lo que no desencadenaría el proceso de estrés; sin embargo,
las otras tres modalidades pueden desencadenar el proceso, estas son: de daño/pérdida,
amenaza y desafío. Daño/pérdida se refiere a una pérdida
que ya se ha producido, amenaza se relaciona con un posible daño o
pérdida y desafío se refiere a una dificultad que puede ser superada
con entusiasmo y confianza en uno mismo (Lazarus, 2000). Posterior a esta
evaluación se realiza la evaluación secundaria que se refiere a la evaluación
de los propios recursos para afrontar la situación. Finalmente el sujeto
realiza la reevaluación, que implica la retroalimentación y permite que se
produzcan correcciones sobre valoraciones previas (Sandín, 1995). Bonet (2003) indica que la evaluación
cognitiva desencadena las respuestas neuroinmunoendócrinas del estrés, agrega
que las consecuencias negativas del estrés se producirían cuando el estrés es
constante y no hay período de recuperación. Así, es el cerebro (a través de
la evaluación cognitiva), quien traduce la experiencia de las personas en
activación de los efectores sistémicos para producir el ajuste del organismo.
Estos efectores, utilizan mediadores biológicos, enviando señales de ajuste
al sistema nervioso central. Estos mediadores activados en exceso o por largo
plazo, comienzan a tener efectos fatales en el organismo. Con la conducta
sucede lo mismo, las respuestas conductuales necesarias para el ajuste son
benéficas a corto plazo, pero pueden resultar, dañinas a largo plazo. Bonet
(2003) agrega que los resultados secundarios a largo plazo se pueden
evidenciar en el sistema nervioso central, la conducta, el sistema
cardiovascular, en el sistema inmunológico y en el metabolismo. Así, vemos como todos los sistemas están
integrados y que una distorsión en el pensamiento, tal como indica Beck que
sucede en la depresión, o bien la evaluación cognitiva que se realiza de una
situación, pueden desencadenar el proceso de estrés y afectar la salud. En las últimas décadas,
el estudio de la relación entre salud y estrés ha sido elemento central en
investigaciones (Sandín, 2003). En
el estudio de la salud mental, el estrés se ha considerado el eje central en
algunos modelos que pretenden explicarla y causante del deterioro
psicológico, ya que en su ausencia no habría efectos negativos sobre el
bienestar del individuo (Sánchez, Garrido y Álvaro, 2003). Respecto la
salud física, las investigaciones ha demostrado que las variables psicológicas y
entre ellas el estrés, influyen en el inicio, mantenimiento o agravamiento de
diferentes condiciones médicas, así como, su impacto en el organismo (González
y Landero, 2006). La relación entre el estrés y la salud es
bidireccional; es decir, los desajustes corporales pueden provocar problemas
psicológicos y éstos a su vez pueden originar desajustes corporales; por
ejemplo, la combinación de hipersensibilidad pulmonar y cierto estrés, quizá
tengan como resultado enfermedades como el asma (Sarason y Sarason, 1996).
Los efectos del estrés en el sistema inmunológico han sido ampliamente
estudiados, a manera de síntesis se considera el estudio meta-analítico realizado
por Segerstrom y Miller (2004), quienes analizaron más de 300 artículos
empíricos que abordan la relación entre el estrés psicológico y los
parámetros del sistema inmunológico humano; como conclusiones de este trabajo
se afirma que el estrés realmente altera al sistema inmunológico. En lo
referente al sistema nervioso autónomo, cuando un estresor es percibido, los
órganos que son estimulados por tejidos secundarios a
neruroinmunomoduladores, reciben un exceso de hormonas de estrés; éstas
hormonas estimulan la función del órgano e incrementan su tasa metabólica;
cuando los órganos no tienen la oportunidad de relajarse, por tener una
estimulación constante, la homeostasis del órgano se ve alterada, pudiendo
iniciarse un desajustes fisiológico (Wimbush y Nelson, 2000). Tanto el estrés como la depresión son variables de gran interés
para la psicología de la salud, por su asociación con las enfermedades. Sin
embargo, la importancia de dichas variables no es exclusiva para este campo.
Los profesionales de la salud han sido objeto de diversos estudios, por
ejemplo Martínez, Medina y Rivera (2005)
realizaron un estudio con una muestra de 192 médicos residentes, trabajadores
de un hospital general de la Ciudad de México, donde se encontró que el
horario de trabajo y los hábitos de salud general son irregulares; además se
evaluaron depresión y estrés encontrando que el 14% de los sujetos estudiados
reportaban alto nivel de estrés y 47.5% se identificaron con signos
depresivos. En otro estudio, Pérez (2006) encontró que la frecuencia de depresión en médicos
residentes es en el mismo porcentaje que la depresión en población general. Otro aspecto importante que esta
relacionado al estrés y la depresión es el burnout (desgaste profesional)
descrito por Freudemberg (1974), como una posible consecuencia del estrés,
que además esta fuertemente asociado a la relación médico paciente.
Previamente se habló de las respuestas emocionales del estrés, entre las que
se encuentra la depresión, sin embargo, otras emociones, tales como ansiedad
o incluso cansancio emocional, que es un componente
del burnout pueden manifestarse como consecuencias del estrés (González,
2007). Pérez (2006) en un estudio cuyo objetivo fue identificar los factores de riesgo relacionados con la depresión y
evaluar la influencia del síndrome de burnout en médicos residentes de un
hospital de tercer nivel de la Ciudad de México encontró que la frecuencia de
depresión en los médicos residentes clínicos fue del 16% y 16.7% en los
quirúrgicos, este datos es relevante ya que la autora comenta que en
población general la frecuencia de depresión fue del 16.3%. En esta misma
muestra se determinó que el 35% de los médicos presentaban síndrome de
burnout y que este estaba relacionado a la depresión. El síndrome de burnout (Síndrome de
estar quemado) se refiere a la respuesta que se presenta por trabajar de
manera crónica en un ambiente de estrés (Blanch, Aluja y Biscarri, 2003).
Este concepto fue propuesto para explicar el proceso de deterioro físico y
mental de profesionales que trabajan en áreas como enseñanza, salud, trabajo
social o servicios legales de emergencia (Freudenberger, 1974 en Blanch et
al., 2003). El burnout ha sido objeto de estudio en
los profesionales del área médica, sin embargo, su estudio se ha extendido a
los estudiantes universitarios (González, Landero y Tapia, 2007). La
investigación empírica ha podido demostrar que los estudiantes muestran
cansancio emocional y falta de eficacia respecto a sus actividades académicas
(Martínez, Marques, Salanova y Lopes da Silva, 2002). El modelo de burnout presentado por
Maslach y Jackson (1981) indica que este síndrome se caracteriza por tres
dimensiones, que son: cansancio emocional, despersonalización y realización
personal. Greenlass, Burke y Konarski (1998, en Ramos et al., 2005) definen
cansancio emocional como la respuesta más destacada a los estímulos
estresantes del ambiente ocupacional y la primera etapa del proceso del
burnout. Según Maslach (2003, en Ramos et al., 2005), la dimensión del
cansancio o desgaste emocional representa la respuesta básica al estrés. A pesar de que Benavides, Moreno-Jiménez,
Garrosa y González (2002) indican que el burnout es un síndrome que puede
afectar a profesiones muy diferentes y preferentemente en ocupaciones que con
frecuencia tienen que atender o interactuar con clientes o usuarios con
necesidades importantes. Es de gran relevancia estudiarlo en profesionales de
la salud, en particular en médicos, hacemos énfasis en la relación
médico-paciente que se abordará a continuación. La relación médico paciente es un tema importante para el enfoque
de este estudio. La forma en que el médico se comporta y habla con su
paciente es de gran influencia para éste último y puede verse afectada si el
médico se encuentra estresado, deprimido o con burnout. El lenguaje utilizado por el médico, es una de las partes más
relevantes de la relación médico paciente. Así, por ejemplo Benedetti (2002) plantea una pregunta acerca de si existe diferencia
entre decirle al paciente “podría funcionar” y decirle “funcionará”,
concluyendo que sutiles diferencias en el contexto verbal entorno al paciente
pueden tener un impacto significativo en el resultado terapéutico. Para
respaldar esta conclusión el autor revisa experimentos acerca del efecto
placebo en función del contexto y de la forma en que el placebo es prescrito
por el médico, así, según Brody (2000, en Benedetti, 2002) el efecto placebo
es un cambio en el cuerpo o en la unidad mente-cuerpo, que ocurre como
resultado del significado simbólico que se le atribuye a un evento u objeto
en el ambiente curativo. Benedetti (2002) describe como ejemplo de las
ventajas del efecto placebo que al ser aplicado a pacientes con depresión se
han encontrado cambios eléctricos (en la corteza prefrontal, particularmente
en el hemisferio derecho) y metabólicos en el cerebro. Los resultados
encontrados de los cambios metabólicos sugieren que la serotonina tiene un
papel en la respuesta placebo. Para que se de el efecto placebo, el contexto
juega un rol central en el proceso. En psicología, desde algunos enfoques
terapéuticos el uso del lenguaje es parte esencial de las intervenciones del
terapeuta, especialmente en los enfoques basados en el trabajo de Milton
Erickson, quien ponía gran énfasis en el lenguaje. Actualmente, el trabajo de
Bill O’Hanlon (Terapia de Posibilidades) es un claro ejemplo de la
importancia del lenguaje del terapeuta, haciendo hincapié en que las
sutilezas del lenguaje pueden producir o facilitar el cambio terapéutico. Por
ejemplo, es muy diferente preguntar ¿Cómo se solucionaría? o ¿Qué
sería diferente?, que preguntar ¿Qué será diferente? Esta última
intervención tiene la tendencia a abrir posibilidades, ya que el lenguaje
utilizado presupone cambios positivos (González y Alfonso, 2005). Un médico con burnout, con depresión o con
altos niveles de estrés, difícilmente centrará su atención en las sutilezas
del lenguaje y en los beneficios que esto puede traer a sus pacientes. En
otras palabras, para que el contexto de la relación médico paciente sea
adecuado, el médico debe estar en condiciones optimas, es decir, saber
manejar el estrés al que se enfrenta día con día. Con base en lo presentado, consideramos que en la formación
integral de los médicos, en su paso por las instituciones universitarias,
debería incluirse la enseñanza de estrategias para el manejo del estrés y sus
consecuencias, tales como depresión y burnout. Asimismo, si se diera énfasis a la importancia y efectos de la relación
médico-paciente a lo largo de los años que pasan en la universidad los
estudiantes de medicina, los hallazgos de estudios como el de Benedetti
(2002) tendrían mayor aplicación. Referencias bibliográficas Beck, A. (1976). Cognitive therapy
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de medicina: Comparación entre Monterrey y la Ciudad de México. En J. Moral,
R. Landero y M.T. González (coord.) Estudios de Psicología de la salud en
adolescentes y jóvenes. México: UANL. Pags. 65-81. Mas información sobre Psiconeuroinmunología http://jorgesantia.googlepages.com
Videos sobre PNI Medicina
mente/cuerpo: A Mind/Body Medicine Update: What Every Practitioner Needs
to Know http://www.mindbodymedicineupdate.com/files/A_Mind_Body_Medicine_Update.pdf
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